El hombre cae, la explosión de emociones inunda el torrente de sus pensamientos, como prismáticos que se asoman a la ventana de la desnudez, comienza a sentir el creciente anhelo de lo familiar, lo vulgar, lo mundano para concebir un sueño irrealizable lleno de promesas y fracasos para con eso romper las puertas de lo celestial y morir como sino fuera más que un fracasado.
Pero no se le deja caer, la mano heroica apuntala en el corazón con movimientos firmes, mejorando el pensamiento, llevándole a la razón de no tener nada, nada más que un sueño irrealizable… ¡Oh demonios!, pero que increíble sufrir, es un pobre hombre, no tiene nada, es un imbécil, un fracasado, de donde sacará el ánimo, el placer de la conquista, el trofeo de guerra, sino tiene nada más que un cuerpo frágil y tedioso…
¿Por qué a él?, ¿por qué a él se le mando realizar tal helénica misión? ¿Será tal vez que el que más sufre?, ¿más llora?, ¿más daña?, ¿es el que mejor exalta?, ¿el que mayor coraje tiene?, ¡pero si! ¡Claro! Sólo el pobre entra al recinto corrompido sin levantar sospecha…
Y ya adentro, no siente escrúpulos, no siente nada, solo hace, solo actúa, con una máscara que tapa su identidad, la cual fue violada por una fuerza omnipotente, entonces, al llegar a la cámara principal, procede a la locura, a la alucinación, a la sobredosis de éxtasis, ¡Dios mío!, ¡lo ha logrado! ¡Es un filósofo!
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